La sal es un nutriente esencial, sin el cual no podríamos vivir ya que de ella dependen procesos fisiológicos básicos. Además, es la base de varios de los grandes sistemas de conservación de alimentos que tan honda influencia han tenido en el devenir de la Humanidad. Por todo ello, desde las primeras civilizaciones, los humanos se vieran forzados, o bien a establecerse en las proximidades de fuentes de sal, o bien a disponer de sistemas que les permitiese abastecerse regularmente de las cantidades necesarias para su supervivencia y la de su ganado. Siendo un producto tan relevante durante la historia de la humanidad, no es de extrañar que la propia historia de Naval, desde su origen hasta nuestros días, haya estado siempre ligada, de una manera u otra, a la de sus salinas y su sal. De hecho, el control de las salinas de Naval fue un asunto de estado hasta finales del siglo XIX.

La importancia de los manantiales salinos explica la existencia de un próspero asentamiento de la Edad de Bronce en la cueva de Valdarazas, próxima a la villa de Naval. La explotación de las salinas navalesas se mantuvo durante toda la Antigüedad y experimentó un marcado auge durante la época romana, en la que Naval ya constituía un punto clave de la calzada que unía Barbotania (Barbastro) y Boletania (Boltaña). Durante la Edad Media, la extracción de sal y su comercialización se convirtió en un factor esencial de riqueza en Naval, tanto durante el periodo de dominio musulmán como en el cristiano. Sin embargo, son los monarcas cristianos los que, de una forma más marcada, utilizan la sal como un medio rápido y seguro de obtener grandes beneficios que contribuyan a financiar campañas militares y otros gastos. El interés por controlar su producción y comercialización hace que la Corona se apropie, de forma progresiva, de todas las salinas, pozos y manantiales de agua salada.

La primera referencia documental conocida sobre la actividad salinera en Naval data del año 1094 cuando Micer de Sousa se introduce entre los habitaban en esta localidad y, subiendo a la peña que después se apodó “de la espada”, grita el nombre de Sancho Ramírez. El rey, agradecido, le fija una pensión vitalicia de 24 sueldos anuales con cargo al treudo de los moriscos en las salinas. Sancho Ramírez muere ese mismo año durante el sitio de Huesca y le sucede su hijo Pedro I de Aragón. Al año siguiente, se produce la entrega de Naval por sus propios habitantes a las tropas reales. A partir de este momento, los documentos sobre las salinas se suceden periódicamente, conservándose muchos de ellos en el Archivo de la Corona de Aragón. En la Edad Media, la sal se convirtió en el producto de comercio más importante y, conscientes de su importancia, señores feudales y monarcas no tardaron en imponer grandes impuestos sobre la comercialización y el consumo de la sal, llegando a ser uno de los ingresos más importantes de las arcas reales.

El 18 de junio de 1274 sería una fecha importante en la historia de Naval. Ese día el rey firmó en Huesca el privilegio de monopolio o estanco por el que la sal de esa villa pasó a ser la única que se puede adquirir en un amplio territorio que abarca desde Ballobar al puerto de Bielsa, desde la sierra de Montes Negros o de Alcubierre hasta el puerto de Santa Cristina, desde el río Cinca hasta el río Gállego, desde la Sierra de Troncedo hasta Berdún, y desde Berdún a San Esteban de Orastre. La concesión del monopolio para una zona tan extensa obligó a construir un gran alfolí (que se ha conservado hasta nuestros días) con capacidad para más de ochocientas mil fanegas y dotado de vivienda para el administrador. El estanco de la sal llegó a ser el más importante de la corona, primero de la aragonesa y luego de la española, durante siglos y no desapareció hasta 1870. Hasta entonces, la importancia económica y política de la sal fue comparable a la que ha tenido la gasolina desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.

Hacia 1380, Pedro IV tuvo que solicitar una suma importante de dinero a algunos banqueros de Barcelona para garantizar la permanencia de Cerdeña dentro de la Corona de Aragón. Para hacer frente a la deuda, decidió que se enajenaran Naval y otros lugares del Real Patrimonio. De esta manera adjudicó la villa de Naval a Jaime Ombau (alias Pallarés), noble y consejero real. La escritura se realizó a carta de gracia, por lo que tenía carácter reversible. En 1387, el rey Juan I no tuvo más remedio que reconocer su incapacidad para reintegrar Naval al Patrimonio Real por lo que firmó la venta de la villa a perpetuidad. El 4 de octubre de 1398, Pallarés vende el señorío de Naval (“castillo, salinas y lugar de Naval, con sus tierras y aldeas”) a don Pedro de Torrellas, Camarlengo del rey, por 75.000 sueldos jaqueses. El 20 de mayo de 1399, el rey Martín el Humano confirma la venta y renuncia a todos los derechos de la Corona sobre Naval. A partir de la renuncia de la corona, la documentación sobre las salinas se vuelve mucho más escasa. No obstante, sabemos que la saga de los Torrellas estuvo ligada a Naval hasta el siglo XIX.

Mientras tanto, la sal de Naval continuaba recibiendo elogios. Así, en 1579 Bernardino Gómez Miedes, Obispo de Albarracín, publicó un libro en latín titulado “Commentariorum de Sale” (Comentarios sobre la Sal). Siendo un libro con un carácter universalista es todo un piropo leer que “en Huesca, dentro de la provincia tarraconense, no lejos de los montes Pirineos, existen unas salinas vulgo Nabalicas, o sea de Naval, de especiales cualidades, que al cuajar, tiene la sal viva semejanza a las flores llamadas violas, y no solo en el color, sino también en la fragancia; y que aventaja, por su excelencia, a cualesquiera otras sales conocidas”.

El 18 de abril de 1610, Felipe III firma la orden de expulsión de los moriscos aragoneses. Forzosamente, la expulsión de 55 familias de Naval se tuvo que notar durante cierto tiempo en las actividades que, hasta ese momento, habían sido típicamente moriscas, como la alfarería, la arriería o la producción salinera. Paulatinamente, parte de la población cristiana, que era mayoritaria en esta villa, fue ocupando los puestos “vacantes” y las actividades comerciales retornaron a la normalidad. En 1634, la villa de Naval adquiere al señor temporal las salinas que habían pertenecido a los moriscos por un precio de 15.000 sueldos.

Durante el reinado de Felipe IV se crea el Estanco de la Sal, monopolio constituido en favor del Estado. La Real Cédula de 22 de junio de 1631 instaura oficialmente el estanco de la sal en España, que no se aplica a las salinas aragonesas, protegidas por los fueros del Reino de Aragón. Esta situación cambia radicalmente en 1707, en plena Guerra de Sucesión, cuando Felipe V decreta la abolición del Consejo de Aragón y sus fueros. Desde ese momento Aragón se rige por las mismas leyes que Castilla y, en consecuencia, las salinas son incorporadas a la Hacienda Pública. Inmediatamente, se ordena a los visores de salinas don Juan Bautista Mariete y don Juan Antonio Mañas que inspeccionen todas las de la provincia. Tras recibir los correspondientes informes, la Hacienda opta por mantener el funcionamiento de las dos principales (Naval y Peralta) para abastecer a la provincia de Huesca. La ley de 5 de febrero de 1728 recuerda que está prohibido hacer sal fuera de las salinas destinadas por Real Orden a tal fin, “inclusive en las de la Corona de Aragón”, bajo penas severas. Así, desde 1708, los antiguos dueños siguen produciendo la sal en Naval pero la entregan al rey a cambio del precio que se determinase. Posteriormente, la Real Hacienda decidió fabricar la sal por su cuenta (Real Orden de 9 de marzo de 1736), comprometiéndose a pagar a los condóminos una compensación basada en el beneficio líquido medio obtenido en los años precedentes. La compensación económica a los dueños de las salinas de Naval se fijó en 36.426 reales de plata anuales. Este pago se mantuvo hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XIX, cuando se produjo el desestanco de la sal.

Los precios de venta por fanega no dejaron de subir durante prácticamente todo el tiempo en el que estuvo en vigor el estanco, situación que condujo a una enorme carestía del producto. La razón fue la constante adición de impuestos para hacer frente a los conflictos bélicos y a la construcción y mantenimiento de canales y caminos. Globalmente, la escalada de sobreprecios tuvo consecuencias nefastas para el desarrollo de la industria salinera ya que, con tales precios, se estimulaba el fraude y el contrabando, además de significar un freno para la exportación.

La importancia de las Salinas de Naval tampoco pasó desaperciba para Pascual Madoz en su célebre Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1845): “ Las salinas de Naval son indisputablemente de las mejores que se conocen en España, pues á la abundancia de sus fuentes, que bien aprovechadas bastarian a surtir la mitad del reino, se reune la escelente calidad de la sal y la hace superior á cuantas el terr. español encierra, pues su estremada fortaleza, compite con el esquisito gusto y brillante presencia.”

En 1820, las Cortes empiezan a plantearse la posibilidad de desestancar la sal y, a tal efecto, declara la libertad de su tráfico y comercio a partir del 1 de marzo de 1821. Sin embargo, este intento de desestanco no era sinónimo de libertad en la industria salinera ya que, si bien desaparecen gran parte de las trabas a su comercio, la fabricación continuaba sometida a la “opresora influencia del Estado”. En otras palabras, las salinas particulares tenían que continuar vendiendo la sal que fabricasen al Gobierno, a los precios que éste estableciese. Finamente, el 16 de junio nace la “Ley declarando libres la fabricación y venta de la sal”, lo que supone el desestanco de la sal. El 20 de octubre de 1871, los propietarios de las salinas firman una escritura de convenio en la notaría de Pascual Estrada (Barbastro) por el que se establece un régimen administrativo al margen de la Real Hacienda que es el que, con pequeños matices, ha llegado a nuestros días.

Obviamente, la importancia estratégica de la sal declinó rápidamente entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX, debido a la aparición de medios alternativos de conservación de los alimentos, a la mejora de los métodos de extracción y elaboración de la sal y a la disponibilidad de nuevos medios de transporte. Entre todos hicieron que la sal, que sigue siendo necesaria para nuestra salud, pasase a ser una materia prima fácilmente disponible a un precio muy asequible.

La extracción de la sal que había sido, desde tiempos inmemoriales, una fuente de riqueza para las poblaciones que tuvieron (y tienen) la fortuna de disponer de ese recurso natural, entró en una profunda crisis que condujo, en muchos casos, al cierre de salinas milenarias y que tuvo un impacto socio-económico profundo sobre las localidades afectadas. Naval no fue una excepción. Y, así, una villa en la que había nacido todo un Virrey de Perú y que había disfrutado de casi todos los servicios disponibles en cada época histórica (fábricas de vajilla, jabón, alpargatas, alcoholes y licores, bodegas, tejedores, arrieros, carreteros, constructores de carros, herreros, carpinteros, zapateros, boteros, albañiles, camineros, calderero-hojalateros, basteros, sastres, modistas, músicos, comercios, panaderías, confiterías, posadas, cafés, alumbrado público, molinos harineros y aceiteros, dos ferias, mercado, dos iglesias, varios sacerdotes, gran romería, dos farmacias, tres médicos, instituto local de higiene, abogados, notarios, telégrafo, cine, coto, comandancia de la Guardia Civil…) asistió en unas pocas décadas a la pérdida de muchos de ellos…y de gran parte de sus propios habitantes. La vista del caserío viniendo desde el Alto del Pino, con su estructura urbana y muchas de sus casonas de 3 y 4 plantas aún en pie, claramente indica que no estamos ante un pequeño pueblo perdido en la geografía altoaragonesa sino ante una villa que jugó un papel protagonista en la historia de Aragón gracias, en buena parte, a sus afamadas salinas. Afortunadamente, la sociedad salinera de Naval, bajo un nombre u otro, no desapareció nunca y tanto la población como su ayuntamiento han tratado de conservar, en la medida de sus posibilidades, sus construcciones más singulares. De esta manera, se ha conseguido que tanto la infraestructura básica (eras, canales, manaderos…) de las salinas de La Rolda y de La Iruela, como los ecosistemas en los que se ubican, hayan persistido casi intactos hasta la actualidad. Este hecho otorga a los salinares de Naval un valor histórico, cultural, gastronómico, medioambiental y científico incalculable y posibilita tanto la recuperación de la antigua actividad salinera como nuevos usos turísticos que respetan la singularidad de las instalaciones y su entorno.

JUAN MIGUEL RODRÍGUEZ GÓMEZ

Autor del libro: LA SAL Y LAS SALINAS DE NAVAL. El oro blanco del Somontano.